Un día escuché a alguien decir que yo nunca había sido libre y me golpeó, como todo lo que guarda en sí mismo un poquito de razón. A la libertad, entonces, empecé a buscarla de muchas maneras: En mi forma de vestir, en mi forma de hablar, en mi forma de relacionarme y de amar.
Pero seguía atada. Me tatué, viajé, me tiré de un paracaídas y de un parapente, hice snorkeling, viví sola, viajé sola y fue solo hasta que hice un retiro de Mindfulness en el medio de una montaña que un alma maravillosa me susurró en el oído: "La guerra se acabó. Ya es tiempo de vivir en paz."
¿CUÁL PAZ?
Yo he peleado y me he enojado desde que tengo uso de razón. Tengo uno de esos sentidos altísimos de justicia que me hacen siempre buscar "lo correcto", seguir las reglas y alzar la voz cuando algo no está bien. Y peleé... peleé siempre por lo que creía correcto. A mis papás les costó mucho tratar de canalizar ese enojo hacia los lugares correctos y - después de mucha terapia- aprendí que sentir tanto era un regalo que la vida me había dado, no un defecto que me marcaba.
La "libertad" que encontraba me dejaba insatisfecha y no lograba hallar la atadura. La "paz" solo la conocía cuando me metía en la música, las letras, los libros o cualquier cosa que me distrajera.
Hasta que un día me senté en silencio y las ví. En el fondo del alma, debajo de los matorrales de los prejuicios, unas raíces grandes y oscuras a las que les puse expectativas. Empecé a tocarlas y recordé que, por años, intenté quemarlas y desafiarlas para hacerlas más pequeñas... ¡me lastimé tanto!
Con la curiosidad de niña con la que mi amiga Keely me enseñó a acercarme a mis emociones, me acerqué... Me senté en ellas y recordé cuántas veces ahí también me sentí en paz mientras vivía en ellas, un refugio del viento del cambio y el torbellino que siempre me rodeaba. Y empecé a hablarles con ternura.
¡Las de arriba eran de tanta gente! Mis papás, mis tíos, mi hermana, amigos y exnovios. Conforme las fui escuchando y diciéndoles -con evidencia- que la gente que me ama me ama como soy, que la gente que por eso se fue me hizo un favor y la que perdí me enseñó; se fueron desamarrando... el mito que eran nunca había sido la raíz de mi inseguridad.
Entonces me senté en esas grandotas que quedaban y les pregunté quiénes eran, cerré los ojos y de mis ojos brotaron lágrimas cuando oí mi voz reclamando: "Debería ser más flaca, ganar más, tener un mejor trabajo, ser periodista internacional, me tiene que gustar el ejercicio, las mujeres no duermen tanto, tengo que ser una buena mujer"
Con esas mismas lágrimas las fui abrazando una a una, contándoles cómo no vivimos la vida que debíamos, sino la vida que queremos. Que de mí solo quedaron pedacitos del montón de intentos que hice por complacerlas... y que necesitaba que me soltaran. ¡Se desvanecieron y me sentí tan perdida y sola!
Pero entonces, de un lugar nuevo brotaron árboles llenos de amor a los que les puse propósitos y pude empezar a abonarlos para que crecieran. Un montón se unieron al aire en ese lugar al que tantas veces llegué como un juez dictando sentencia... y entonces la sentí...
¡Hola, libertad!






